viernes, 26 de marzo de 2010

La rosa blanca


Como un reloj de arena, derramando a caudales tu vida, desgranándose hasta el último suspiro, te aferraste a esta vida con una fuerza extraordinaria.

Cuando anunciaban el desahucio, alzaste la mirada, y volviste a levantar, como tantas veces tuviste que hacer a lo largo de esa vida larga y dolorosa en extremo, y permaneciste a pesar de todos los impedimentos.

Nunca mostraste señas de agotamiento, torrente de fuerza inagotable, te me antojaste inmortal cuando siendo un niño me devolviste a este mundo, cuando peleaste porque decidiste que yo era importante y me quedaban muchas cosas por vivir.

Dotada de una bondad infinita, que muchos aprovecharon para sangrarte y aprovecharse. Que no supieron disfrutar contigo, apreciar esa magnífica persona. Hasta yo siento haber exprimido ese fruto de pureza, porque a pesar de lo vivido siempre mantuviste esa inocencia que solo los niños y los elegidos poseen y se refleja en la mirada.

Desde el día que viniste a la vida hasta el día que se apagó tu luz, siempre has sido una luchadora, con una sonrisa para todo aquel que quisiera recibirla. Cantando ante cualquier espanto, desde ojos verdes hasta la campanera.

Pequeña y frágil por fuera, pero con una fortaleza insospechada, como una rosa blanca, que con sus raíces en la tierra sirvieron para arropar a todo quien tuviera a su alrededor, que como abejas, buscaban el néctar de tu generosidad.

Quien se acercaba a ti con el corazón abierto y el alma a flor de piel, se impregnaba de tu luz, y por reacción empática terminaba cambiando su rumbo y siendo algo mejor.

Mi querida abuela, mi segunda madre, mi inspiración y el impulso de mi coraje, te fuiste dejando un vacío de presencia física, pero nos dejas un legado precioso, todo lo que de ti aprendimos y tu alma en todos nuestros corazones.
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